Homeless Entrepreneur: una iniciativa contra la mendicidad


Dormir bajo las estrellas, pero sin verlas

La comunidad Homeless Entrepeneur estuvo en Tarragona a finales del mes de Octubre e invitó a quienes quisieran acompañarlos a pasar un par de noches bajo las estrellas. Claro está que no se trataba de dormir en un lujoso dormitorio con una espectacular cúpula transparente desde la que ver el cielo estrellado, sino del duro y frío cemento de una acera, apenas amortiguado por unos cartones. A pesar de la incomodidad evidente, fueron varios los valientes que aceptaron la “invitación”. Por unas horas se pusieron “en los zapatos" de los sin-techo. Al margen de la dureza literal de la experiencia y de la “estafa” de que no fuera posible ver ninguna estrella (por la omnipresente contaminación lumínica), parece ser que supuso un acercamiento muy valioso a una realidad social tristemente demasiado frecuente (pese a ser algo perfectamente evitable).

No sólo de pescado vive el hombre

El fundador de la iniciativa, Andrew Funk, es alguien singular; un norteamericano emprendedor, que por experimentar en primera persona la circunstancia de quedarse literalmente en la calle (a pesar de su talento profesional, su patente energía y su capacidad de trabajar duro), llegó a plantearse qué podría hacer para ayudar a que otros no tuvieran que verse solos como se vió él, lo que le llevó a poner en marcha una organización de ayuda a los sin techo. Es una organización un tanto peculiar, porque su estrategia es ayudarles a montar algún tipo de micronegocio o autoempleo, en lugar de proporcionarles -temporalmente- comida, ropa y refugio. De este modo los “homeless” recuperan su autonomía y atuoestima, obteniendo un modo de generar ingresos, algo infinitamente más valioso que recibir unas ayudas puntuales, pues como dice un conocido proverbio chino: “Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”.

El proyecto de Andrew además, es muy “personalizado”, en el sentido de que se enfoca en ayudar a una persona a la vez, y los casos particulares sirven para llamar la atención sobre un problema muy generalizado, pero ayudando en efecto a personas “reales”.




Un problema con causas y soluciones conocidas

En la jornada Homeless Entrepeneur que se organizó en la Universitat Rovira i Virgili (Tarragona), en el marco del proyecto Smart City, se expusieron no solo algunas iniciativas singulares, que podrían significar una importante ayuda a las personas que temporalmente caen en una situación económica y familiar que les lleva a quedarse sin hogar; también se expusieron interesantes análisis de las circunstancias que llevan a demasiada gente a esta situación, e incluso de que tantísimas personas, sin llegar a quedar en la calle, vivan en una situación de grave riesgo.

Se mencionó la cronificacion de la pobreza, pues muchos de los que entran en ella quedan atrapados en sus nuevas circunstancias, de la invisibilidad de las personas (que ven drasticamente reducida su visibilidad social), de que suelen ser personas mayores de 55 años, e incluso del dato -relativamente novedoso- de que muchas de ellas son trabajadores pobres, cuyos ingresos no son suficientes para cubrir lo más básico, como el alojamiento y la alimentación.

Hoy día puede decirse que no solo el paro lleva a la pobreza. Pero lo peor -aún con todo- no es la situación actual, sino la terrible claridad con la que se anticipa la tragedia a la que parecen llevarnos las circunstancias, y en especial el sistema de cotización del sistema de la Seguridad Social. Parece que en un futuro próximo serán muchos más los que padezcan la pobreza extrema, incluso sin haber perdido el empleo.

Durante la jornada se habló de muchas cosas importantes, las cuales me llevaron a reflexionar sobre todo ello y sacar algunas conclusiones, además de recordarme algunas ideas que ya he mencionado alguna vez en algunos de mis viejos bogs.



La paradoja de un derecho universal demasiado caro

Siempre he pensado que si se logra analizar con suficiente profundidad un problema, las soluciones se hacen evidentes automáticamente. El caso de los homeless-sin techo se produce por una lista de posibles circunstancias, pero el punto común es muy a menudo la incapacidad de pagar regularmente un alojamiento encarecido en exceso. La explicación no puede resumirse en un par de líneas, pero si puede apuntarse que la causa está estrechamente relacionada -al menos parcialmente- con la especulación del sector inmobiliario, promovida por un entorno jurídico-financiero determinado, alimentada por un afán de lucro “turbo-alimentado”, unos costes mínimos de los servicios (energía, agua, comunicaciones) e impuestos directos, excesivos en relación a los ingresos de los trabajadores, así como una oferta laboral debilitada. El problema se agrava con la individualización y “compartimentación” de la población. Por supuesto, el factor más importante es que la vida urbanita supone una dependencia total del dinero para obtener lo necesario: alimento, cobijo, agua, calefacción, etc. El estilo de vida más “primitivo” permitía, en cambio, obtener lo esencial directamente del entorno, además de intercambiar y ayudarse cooperativamente. Ello lleva a identificar, un tanto forzadamente, la escasez de dinero con la pobreza, cuando la verdadera pobreza tiene más que ver con la falta de recursos y la dificultad de acceso a estos. Para ilustrarlo no es necesario comparar la vida urbana con la vida “campestre” tradicional, podemos comparar un ciudadano de una mega-urbe como Tokio con uno de una pequeña ciudad del interior de un país del Sur de Europa; el primero se podrá considerar pobre si ha de vivir él solo con 3000 euros mensuales en un apartamento del centro, y pagar con ello el transporte diario al otro extremo de la ciudad, además de pagar la comida del mediodía cerca del lugar de trabajo. El ciudadano de la pequeña ciudad, con los mismos ingresos, podría considerarse un afortunado, e incluso podría mantenerse sin problemas una familia de 4 miembros con ese solo salario. Luego no es tanto un asunto de renta mínima, sino de costes de los recursos básicos.

Y quizá también dentro de un mismo país, es el desplazamiento “temporal” lo que ha creado el desfase entre la menguante capacidad adquisitiva y el creciente coste de los recursos básicos como el alojamiento y el alimento, además de sumarse otras necesidades creadas como el transporte (debido a que el lugar de trabajo cada vez se aleja más de la residencia), las comunicaciones (que se han vuelto imprescindibles) e incluso -en los países del Sur- el aire acondicionado (debido a las olas de calor, sumado a que se han abandonado las técnicas de construcción tradicionales).



Comunidad, simplicidad y decrecimiento

Por otra parte, cabría hablar de vida en comunidad, que sigue siendo la red de protección social que hasta hace poco aún distinguia a los países mediterraneos. En comunidades artificialmente “primitivas”, como la comunidad Amish de Pensilvania, donde no hay coches y era frecuente que todos ayudaran a la hora de construir una casa para los nuevos miembros de la comunidad, no habría necesidad de créditos (para pagar coches), ni hipotecas (para pagar, en cómodos plazos, durante 40 años) los hogares en los que va a establecerse una familia. 
Fuera de estos casos anecdóticos pero muy ilustrativos, hay opciones (aún muy marginales) como el trueque, organizado en bancos de tiempo, o las monedas complementarias (también llamadas locales, porque tienen un alcance regional más reducido). A menudo la riqueza y el talento está a nuestro alrededor, pero está inactiva porque se ha cuantificado económicamente y solo el dinero (sobre el que pesa una escasez artificial) tiene la llave para ponerlos en circulación. Además, todo parece que necesariamente ha de hacerse a lo grande, con gran inversión de recursos y enorme complejidad. Lo cual aparta del mercano no poca riqueza y talento. Parecería que lo sensato fuera simplificar y reducir la escala de las cosas, porque, “lo pequeño -también- es bello”.

Quizá, si lo pensaramos un poco, resulta que propuestas económicas como el decrecimiento tendrían más sentido si se pensaran en clave de mayor frugalidad. Es decir, quizá los más ricos deberían ser algo más “frugales” para que los demás pudieran simplemente “vivir” con unas mínimas necesidades cubiertas. Al final la fuente de la mayoría de los males sociales se deben a un problema “estructural” creado por la adicción al crecimiento, motivado por un sistema financiero basado en la creación de dinero desde la deuda, la “inevitable” inflación, y el desarrollo de los “mercados”, todo lo cual provoca la concentración de la riqueza en cada vez menos manos.



La clave y el principio de toda solución: tomar conciencia del problema

La “solución” a este problema de concepción de la “normalidad” económica no es ni individual ni colectiva, sino ambas cosas a la vez. Requiere -antes de nada- de la toma de conciencia de las causas reales, y de ver que las soluciones son múltiples y suelen estar conectadas: gestionar con imaginación la oferta de viviendas sociales, legislar para poner límites a la inflación inmobiliaria; facilitar que la oferta de alquiler sea mayor, facilitando también la seguridad de los propietarios; reducir sensiblemente las jornadas de trabajo sin reducir salarios mínimos (algo perfectamente posible), facilitar el autoempleo, no solo simplificando mucho más la gestión burocrática y de impuestos, sino -sobre todo- reduciendo el pago de la Seguridad Social. Y aquí llegamos a un asunto clave; ¿por qué la Seguridad Social se debe financiar únicamente mediante las cotizaciones? Esto es algo que se acepta normalmente sin discusión, cuando no está realmente justificado. Otra opción-solución de la que se evita hablar es la de la renta mínima universal, algo que acabará siendo inevitable. Sin embargo, cuanto antes se ponga en marcha, menor será el daño causado al conjuto de la economía.




Son muchos los factores que crean pobreza, y son muchas las soluciones posibles, que aparentemente deberían aplicarse conjuntamente. Pero el primer factor es el desconocimiento de las verdaderas causas. Éste es un problema que deberíamos tomar muy en serio. Si no lo hacemos -y con carácter de urgencia- en menos de una generación la situación podría ser catastrófica.



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